jueves, 5 de febrero de 2009

Des-Alma


De verdad quisiera dedicarte dos canciones para sentirme más persona, pero yo no soy más persona porque existas tú y siendo yo tan torpe, tampoco tengo agallas para pedirte perdón por todas las cosas que sé te han dolido o te han hecho mal. Más mal. Y te han dejado por debajo de tu existencia, por debajo de tus sensaciones, por debajo de lo que es correcto y justo.
De verdad quisiera decirte que te quiero mucho, mucho, más de lo que imaginas por sobre todos los detalles y cosas pequeñas que puedas darme o yo darte y que eres un motivo importantísimo de mi existencia. Quisiera que pudieras entender eso antes de que me juzgues y me pongas contra la pared.
Me gustaría también contarte por qué hice las cosas que hice, por qué callé, por qué hablé, por qué no quise y esperé más de lo que debía, quizás, demasiado para que tú puedas comprender, tal vez, y que me escucharas un rato como solías hacer antes de que mi imagen se te cayera y se rompiera en el suelo como un retrato mal hecho en vidrio de segunda calidad. No soy una persona de segunda calidad, pero sí alguien capaz de tropezarse y caer mil veces, incluso en el mismo hoyo.
De verdad quisiera dedicarte dos canciones para sentirme más persona, pero yo no soy más persona porque existas tú... si lo fuera, no tendría que excusarme... si lo fuera, no necesitaría estar buscándote... si lo fuera, sería la décima parte de lo leal que eres tú... si lo fuera, no me hubiera equivocado tantas veces.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Ahora mato todo lo que se me ponga por delante

Cuando menos debería hacerlo, Bebé abre la boca para decir adiós.
Y no mira antes de salir de la casa, no se amarra bien los zapatos ni se abotona la chaqueta, no se peina, no se lava los dientes, no se echa agua en la cara ni se sube el cierre del pantalón. Bebé es como un loco cualquiera vagando por las calles del sitio más inhóspito del planeta.
Afuera está parada su sombra, esperándolo con las maletas listas y un sombrero, de los antiguos, en la mano, pensando que esta es la única forma en que alguien puede conocer a Bebé porque Bebé no habla mucho; Bebé es más bien callado y retraído y cuando habla nunca habla de sí mismo, sino de cualquier otra cosa irrelevante que se le venga a la cabeza para omitir temas importantes, por ejemplo el hecho de que no lleva puestos calcetines y le está dando mucho frío o que no estaría mal que se tomara un vaso de vodka para calmar los ánimos y darse el valor de decir las cosas que tenía que decir.
El gran problema es que nunca sabe dónde parar y le da verguenza retroceder. Sigue adelante como si no importara llevarse al paso lo que lo hace ser hombre, aunque no es hombre es sólo Bebé queriendo crecer. Siente la noche en su cara, camina, vaga. Eso es lo que hace cuando sale, conversa solo y vaga y se mueve el pelo con las manos para ordenárselo un poco y no entiende por qué su vida siempre aparece escrita en algún relato barato de esos que están en las murallas del olvido o por qué a alguien le interesa qué está haciendo ahora, si es sólo... Bebé.
Se soba los ojos para despertarse un poco, se pellizca para saber que no está dormido, se mira en un charco aunque está muy oscuro como para ver claro y busca una explicación a que su sombra esté con él si no hay luces que la creen. Bebé no asume que su sombra no aparece y desaparece cada vez que pasa y sale de una luz amarillenta de una avenida del sitio más inhóspito del planeta, donde camina sólo como un loco cualquiera. Aún no se cierra el pantalón, no se abotona la chaqueta y tiene un aliento pesado y amargo.
Es que cuando menos debió hacerlo, Bebé abrió la boca para decir adiós y expiró.

martes, 3 de febrero de 2009

Muy Estimado Señor Noche II

El muy estimado señor noche se levanta de la orilla del lago helado y vacío. Tiene los pies mojados, los ojos llorosos, la cara deformada por el olvido que le llena las facciones. Camina por la arena fina y blanca para llegar a la avenida, mientras el viento le mueve el pelo.
Levanta el brazo de derecho y saluda, saluda, saluda como si quisiera que alguien imaginario le respondiera, pero nadie le responde porque nadie lo mira porque él no es nadie. Y salta, el muy estimado señor noche, y grita y sonríe y llama a una persona parada en la sombra de un sauce de ramas cortadas, que no está parada y tampoco está ahí.
Levanta el brazo izquierdo y se rasca la cabeza. Se cierra la chaqueta y sigue caminando, como si no importara que nadie le devolviera el saludo, como si no interesara que estuviera solo, como si no fuera necesario el sentirse amado porque ha llegado al punto en que pocas cosas son necesarias.
Encuentra una piedra grande en la arena y olvida su idea de llegar al cemento, se sienta. Se mira los pies, se toca los dedos, se auto descubre una vez más como tantas veces se ha auto descubierto y se acaricia a sí mismo. El muy estimado señor noche llora mientras soba sus plantas descalzas llenas de granos de arena que se parecen a los misiles de olvido que ha lanzado contra su propia cabeza, misiles que caen como la sensación de que algún día tenía que llegar algún día y algún día tenía que recordar que estaba necesariamente solo y desesperado. Golpea la piedra con las manos, golpea la piedra con los pies, con los pensamientos, con la mirada, con el deseo de partirla en dos y con ella el mundo entero y el universo y su propia y demeritoria existencia. Se quita la chaqueta, tratando de quitarse la piel y la soledad de un solo tirón. Se para de la piedra y corre.
El muy estimado señor noche corre por la orilla del lago helado y vacío. Tiene los pies llenos de dolor, los ojos de debilidad, la cara deformada por el olvido que llena las facciones. Brinca por la arena fina y blanca para llegar a alguna parte, mientras el viento lo empuja para atrás, para atrás, para donde no quiere regresar, para donde no puede regresar y se lleva su chaqueta hasta la sombra de un sauce de ramas cortadas. Entra al lago y la chaqueta lo saluda como una sombra entre sombras de personas que no notan cómo cae el silencio entre aguas heladas.
Segunda muerte del muy estimado señor noche.

Desesperation Progress

Bebé se acerca a la cornisa para no caerse por el abismo de su alma que se tiende lentamente a su espalda y no está solo porque hay un millón de sombras llamándolo desde la parte de atrás de la habitación, entre la oscuridad, la nada y el reflejo de la luna atravesando el vidrio de la ventana.
Siente un susurro en su cuello y casi siente el alma escapándosele entre las manos como todas las otras cosas que ama, que no ama, que extraña, que siente y que olvida, pero más es la sensación de nada que nada en su columna y recorre lentamente sus brazos, sus manos, su cintura, sus piernas, hasta sus pies donde presiente la caída aún mas alta de lo que pensó mientras huía de los fantasmas. Solo.
Las paredes están frías y Bebé no quiere aferrarse porque no le gusta el hielo ni el agua ni las lágrimas ni el silencio. Bebé no está hecho para el silencio. Quizás por eso está llorando y derrama lágrimas que son agua, que se vuelven hielo al tocar sus pies y crean una laguna de recuerdos que lo reflejan y lo asustan aún más que la soledad. Está aterrado.
Al lado izquierdo del edificio brillan la luna y dos estrellas baratas, de esas que se consiguen en cualquier parte y que nunca cumplen los deseos, esas en las que perdió la fe cuando las luces de la calle empezaron a opacar el cielo y el humo de los cigarros a nublar la ciudad, a esconder los rostros, las copas de los árboles y los sueños que se van y se pierden. Está aterrado y sin luz.
Sombras y más sombras en la parte de atrás de la habitación, canciones que no suenan tan bien como antes y el temor de morir está escondido entre basura sentimental, las palabras que no se dijeron, las cosas que perdonó, su propia inocencia infantil que se ha convertido en mansedumbre y luego en debilidad. Debilidad de espíritu y de palabra, Bebé es toda una crítica social ambulante.
Bebé no está hecho de palabras y sus fantasmas tampoco, Bebé no es recuerdos, no es desespero, Bebé sólo es alguien cayendo y callando, mientras se acerca a la cornisa para no caerse por el abismo del alma que se tiende lentamente a su espalda, aunque no esté solo, aunque no esté dispuesto a tirarse, aunque esté todo nublado allá arriba, aunque no se vea nada por las inútiles dos estrellas que no ayudan al reflejo de la luna atravesando el vidrio de la ventana y sólo dejan…
Oscuridad y Soledad.

Necia y vacía

La princesa se baña bajo la lluvia que cae de las rosas blancas esponjadas en el cielo. La princesa es tonta y vacía y por eso es princesa. Siente la necesidad de decir todas las cosas que piensa y cortar sus sentimientos de raíz.
Se toca el pelo, se refriega los hombros, baja por su torso, se soba las piernas, siente su piel cubierta de polvo, muy parecida a su alma, que se siente tersa y suave ante el tacto de un pobre mortal. Y al salir el sol, se envuelve con una manta de lugares comunes a los que ha recurrido tantas veces cuando no sabe qué decir porque ella no va más allá de aquellos sitios.
La princesa no tiene relaciones, sin o situaciones, porque así es más fácil llamarlas y darles poca importancia y no tiene el más mínimo interés de que las cosas que diga lleguen a ser malinterpretadas. Ella no tiene amores ni desamores porque eso arrugaría su cara perfecta, no se molesta en pensar en nadie mientras mira cómo sale un arco iris del charco en el que se reflejó su perfecta figura.
Se pone un vestido blanco de sarcasmo que se infla cuando sopla el viento en contra y que deja al descubierto sus hombros perfectamente blancos, perfectamente tersos, perfectamente perfectos como las cosas que perfectas que nadie quiere mirar. A todos les molestan las cosas perfectas.
Cuando habla, su voz es parecida a la luz de un relámpago en la mitad de un prado con pocos árboles. Sus labios se mueven lentamente, tratando de no corromper lo inmaculado de su rostro. Su nariz empinada termina en un monte de desespero y angustias que sabe esconder muy bien. Sus mejillas son pálidas y silenciosas, como su alma.
La princesa baila bajo un sol intenso de un color parecido al color de sus ojos. La princesa es liviana y efímera y por eso es princesa. Siente la necesidad de decir todas las cosas que piensa y cortar sus sentimientos de raíz.
Abre los brazos, salta, no canta porque no está alegre. La princesa sólo baila al son incómodo de su vacío interior. Algún día llegará a ser reina.

Palabras perdonadas

Probablemente, muy dentro, ella quería que le dijeras que sí. Ese es el motivo de que esté sentada en el borde, pensándote y creyendo que las cosas podrían haber sido diferentes de haberse callado o de haber sido la persona que tú querías que ella fuera. Pero ella nunca ha podido ser la persona que tú quieres ni podrá serlo ni podría aún si lo deseara con más ansias o si se cansara de su inerte y patética existencia como una ilusión para desviar las atenciones.
Tal vez, ella te está usando para escribir relatos largos que parecen cartas, pero en realidad son divagaciones que se le van apareciendo y que transcribe en un papel, que no es papel. Ella te utilizó desde un comienzo para crear y lo que te dijo que tenía que contarte porque era necesario, porque después sería peor y que no estaba para someterse o someterte a un caso de enamoramiento compulsivo que era muy posible que sucediera, por patético que le pareciese, no era tan necesario sino una mera excusa para sentirse más frágil o producto de una esperanza que no se concretó o de una ilusión que se quebró en dos o, tal vez y sólo tal vez, del cansancio de estar tantas horas sentada obligada a pensar. En todo caso, cuando se refiere a pensar no eres lo único en lo que piensa, aunque en realidad sí se da muy a menudo que apareces cerca suyo y la obligas a tenerte presente.
Entonces puedes considerarte un objeto barato que utiliza para no aburrirse, para no auto-concretarse, para mantenerse ausente mientras pasa un buen rato y comparte con algo que no sea tu olvido. Gracias. Y ella puede cansarte con el mismo cuento barato, porque un día de estos tienes que cansarte y tirar la toalla. Yo sé que un día de estos vas a tirar la toalla, mientras ella escribe esto…Probablemente, muy dentro mío, ella quería que le dijeras que sí. Pero yo nunca he sabido lidiar con un sí, por eso estoy como estoy y prefiero la sonrisa falsa imaginaria que me diste, el abrazo de amigos, el apretón de manos y el olvidemos todo esto que no pasó, no, no pasó, pero podría de haber sucedido aquella conversación. Es mas, podrías estar no pensándola en este momento y ella podría estar rogando que aquello no se hubiera dicho. Olvídenlo.

Muy Estimado Señor Noche I

El muy estimado señor noche camina por la calle principal de una ciudad lejana que nadie conoce en el lugar de donde viene. Mira para ambos lados antes de bajar de la vereda y lanzarse al océano de carros que van y vienen con luces altas: A derecha e izquierda, un par de olas lejanas.
En la nueva vereda un millón de lugares se abren paso entre comerciales bonitos de lo que podría tener si el muy estimado señor noche tuviera algo y se piensa sentado en algún restaurante caro con una servilleta en las piernas, con una copa de vino, con un pedazo de carne en el plato, una ensalada en el estómago y un montón de dinero en el bolsillo para pagarlo todo. Luego, saliendo del restaurante se encuentra su auto perfecto con asientos de cuero y recién bañado se sube al carro para ponerse sus lentes de sol y andar por las carreteras largas que lo sacarían de aquella ciudad extraña a la que no pertenece en realidad.
Sale de sus pensamientos cuando suena un claxon y no mira, el muy estimado señor noche, no mira a su izquierda y no le importa, al muy estimado señor noche, lo que pudiera estar pasando. Sigue caminando.
Encuentra un callejón con basura y silencios escondidos entre cajas, que no son cajas sino vacío, que no es vacío sino mentira, que no es mentira sino ironía, que no es ironía sino un ruido molesto en el oído de un hombre semidesnudo, semi cansado, semi aburrido que no es capaz de extrañar y mucho menos de pensar en algo más que no sean divagaciones entre estrellas. El muy estimado señor noche se rasca la barriga mientras mira el callejón, se rasca la barbilla, se rasca la cabeza y ahuyenta sus fantasmas, más oscuros que sus oscuros ojos negros. Se mira las uñas, se saca los guantes (rotos en la punta de los dedos), se toca la cara, se jala la barba, se pica los ojos, se relame los labios, se echa el cabello para atrás y se ve, se ve tan solo como el viento que le mueve la chaqueta y le ensucia los párpados de adioses, que resultan en despedidas embarazosas e inertes,
El muy estimado señor noche camina por el callejón más oscuro de la calle principal de una ciudad que nadie conoce en el lugar de donde viene, excepto él. Mira para ambos lados antes de sentarse en el piso húmedo que parece un océano de locuras y desencantos. A derecha e izquierda sólo olas muy cercanas, un par de olas muy cercanas. El muy estimado señor noche se duerme en su propia desilusión y se vuelve un otoño de estrellas en frío.
Primera muerte del muy estimado señor noche.